Para conseguir una comunicación coherente y bien vehiculada, es importante, si encontramos denominaciones en una lengua distinta del español, saber cuáles de esas denominaciones conviene traducir al español y cuáles conviene mantener en la lengua original. En lo referente a nombres de personas, no reciben el mismo tratamiento nombres actuales que nombres de personajes históricos; también hay que saber cómo se adaptan a la ortografía española nombres provenientes de otros alfabetos. Los nombres de lugar (estados, comarcas, ciudades…) también tienen tradiciones y criterios particulares que conviene conocer; y en el caso de los nombres de instituciones, empresas, obras de arte o espectáculos, hay que estar especialmente atentos a ser coherente en cuanto a traducirlos o mantenerlos en la lengua original.
Ya se trate de una palabra, una expresión o un texto de cualquier extensión, traducir implica tomar decisiones. Diferentes propuestas, todas objetivamente correctas, pueden ser más o menos adecuadas por distintos motivos. La inteligencia artificial (IA) nos puede ayudar a encontrar soluciones potencialmente válidas entre las que poder elegir, y también puede orientar nuestras decisiones o tomarlas por nosotros.
Si nos limitamos a pedir a un asistente de IA que traduzca un texto, el asistente tomará todas las decisiones. Es la manera más fácil y rápida de obtener una traducción; aun así, también implica cierto grado de decisión, como, por ejemplo, qué herramienta de IA puede funcionar mejor en cada caso, dado que diferentes modelos —o incluso el mismo modelo con dos instrucciones (prompts) idénticas— pueden generar traducciones muy distintas. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, a pesar de las sorprendentes capacidades de la IA, en ocasiones los resultados pueden ser poco satisfactorios y contener errores.
Combinar la IA con la inteligencia humana ofrece mayores garantías. Este enfoque es el que defiende la UOC para hacer un uso crítico de la IA en la traducción: conlleva, concretamente, supervisar activamente los resultados (prestando atención a aspectos como la veracidad del contenido, la detección de sesgos, la adecuación al contexto y la intencionalidad pretendida), así como tener presentes las cuestiones relacionadas con la privacidad y la confidencialidad.
En última instancia, la intervención de profesionales con un criterio lingüístico experto es la única garantía de calidad. Su experiencia y conocimiento profundo de la materia no son un mero apoyo, sino el elemento determinante para validar la idoneidad del texto, corregir imprecisiones y asegurar que el mensaje final tenga el rigor y la eficacia que solo la inteligencia humana puede certificar.